Bueno, se han condenado. Como sabéis, Paula y Simón han decidido hacer el sacrificio último y unirse hasta que la muerte (o un sospechoso accidente doméstico) los separe.
La cultura occidental en la que vivimos define la palabra boda como “una fiesta que celebra la unión religiosa o civil de dos personas por amor o conveniencia económica”. Esta misma esplendorosa cultura recomienda que los invitados a tal evento (sabéis quienes sois, así que no miréis para otro lado), a cambio de ponerse las botas y en un gesto de buena voluntad, hagan regalos a la pareja para ayudarlos en el comienzo de su nueva vida. Y aquí es donde quería yo llegar.
Los regalos de boda que pone a nuestra disposición la moderna sociedad de consumo suelen ser de lo más variado: lavadoras, vajillas, cuadros, tickets descuento para terapias de pareja o abonos durante cinco años para abogados expertos en divorcios y separación de bienes… Todo lo cual está muy bien, pero resulta por completo inadecuado para el caso que nos ocupa.
¿Y por qué, os preguntaréis? Una posible explicación podría ser que los contrayentes renuncian a complicarse la vida, y que tan solo con teneros en su boda será regalo suficiente para recordaros el resto de sus años en común… Pero no. O que han decidido dejarlo todo tras la ceremonia y retirarse al Himalaya a meditar durante el resto de sus días, con sonidito de momento All-Bran de fondo… Pero tampoco (aunque sospecho que lo del Himalaya no le disgustaría mucho a Simón, pero por razones menos espirituales). No, la realidad tiene bastante poco que ver con el espiritualismo y el altruismo, y aunque el escribiente vaya a quedar por los suelos cuando revele qué es lo que verdaderamente quieren Paula y Simón, en ciertos momentos de la vida se impone el pragmatismo por encima de cualquier otra consideración.
Porque lo cierto es que lo que quieren es dinero (insertar aquí sonido de sorpresa horrorizada por parte del público asistente). Pues sí, lo dicho, dinero. ¿Qué pasa? ¿Vosotros no?
Las razones por las que piden tan vulgar regalo no tienen nada que ver con deudas de juego (si no se les diera bien el póquer, no jugarían), ni con el desastroso negocio que emprendió Simón con la mafia rusa (recordad, si la policía os visita, nunca le habéis visto con un cargamento de AK-47s). La primera de estas razones es que entre los dos suman tal cantidad de cosas (material de escalada, música, material de escalada, libros, material de escalada, muebles varios, material de escalada…), que si a eso se le añaden regalos físicos, tendrían que irse a vivir al mismísimo Monasterio de El Escorial para que les cupiera todo. El dinero, sin embargo, no ocupa lugar (sobre todo si va directo al banco). La segunda razón os va a doler un poco más, así que tomad aire, memorizad las palabras “qué cabrones”, y continuad leyendo poco a poco, parando cuantas veces creáis necesarias para repetirlas en voz alta. Haré todo lo posible por explicarlo de manera suave:
Simón es funcionario (insertar aquí chiste preferido sobre número de desayunos diarios), concretamente, profesor de secundaria, y Paula es autónoma. Y van a aprovechar sus posiciones profesionales para largarse a Suramérica durante ¡52 días! Como se puede comprobar, tiempo libre tienen. Y también tienen una ruta maravillosa que deja en bragas los Diarios de Motocicleta. Pero no tienen pasta (para un viaje así, ¿quién la tiene?), y aquí es donde entráis vosotros, oh, queridos invitados a la boda. Si sois capaces de encontrar en vuestro corazón la suficiente buena fe para regalarles dinero; si sois capaces de encontrar en vuestros bolsillos suficiente dinero para regalarles unos kilómetros más por la Región de los Lagos o por la Patagonia y si sois capaces de encontrar en vuestro cerebro suficiente autocontrol para dejar de leer esto con cara de asco, seréis recordados por Paula y Simón el resto de su vida como la gente que consiguió que, al menos, los primeros 52 días de su matrimonio fueran idílicos.
Aunque, pensándolo bien, ¿por qué tanta cara de horror? Si sabéis que todo son facilidades: nada de compras, nada de indecisiones, nada de dudas sobre si les gustará vuestro regalo, si estaréis repitiendo el de alguna otra persona, sobre si lo tendrán ya… No tenéis más que soltar los billetes. Les gusta vuestro dinero, no hay forma de hacerlo mal, los novios son gente educada y no les importa qué clase de billetes sean. ¿De 20 euros? Les gustan. ¿De 50? También les causan placer. ¿De 100? ¿Quizás incluso de 200? Si no tenéis cambio no pasa nada, nadie le tiene ninguna manía a los Bin Laden. ¿Esas 40 libras esterlinas del fin de semana que pasasteis en Londres y que sabéis que nunca vais a volver a cambiar? Son bienvenidas. ¿Esos 1.000 yenes que os trajo vuestro primo el yuppie de su viaje de negocios a Tokio, y que ni siquiera sabéis cuanto es? También se aceptan, y de paso os dirán a cuánto está el cambio…
Y que no me venga nadie diciendo que es un regalo muy poco personal, porque pensarán en todos y cada uno de vosotros cada vez que extiendan vuestros billetes en Suramérica para pagar comida, gasolina o alcoholes incomprensibles, para conseguir algo más de comodidad a la hora de pasar la noche o para comprar unos días más de estancia, para llegar un poco más allá.
De todas maneras ¿qué clase de regalo de bodas consideráis personal? ¿Un microondas? Mi hermano me regaló un rallador de queso por mi último cumpleaños ¿creéis que pienso en él cada vez que rallo una zanahoria? Además, yo el queso lo compro rallado de todas maneras.
¿Querríais que pasara eso con vuestros regalos?
Pues si aflojáis la mosca, eso no ocurrirá.
Mauro Fernández de Bobadilla (el hermano de la novia)
Madrid, Marzo, 2007
P.S.: Y si andáis cortos de pasta, seguro que no os importará cuidar de Coco durante un par de meses…
La cultura occidental en la que vivimos define la palabra boda como “una fiesta que celebra la unión religiosa o civil de dos personas por amor o conveniencia económica”. Esta misma esplendorosa cultura recomienda que los invitados a tal evento (sabéis quienes sois, así que no miréis para otro lado), a cambio de ponerse las botas y en un gesto de buena voluntad, hagan regalos a la pareja para ayudarlos en el comienzo de su nueva vida. Y aquí es donde quería yo llegar.
Los regalos de boda que pone a nuestra disposición la moderna sociedad de consumo suelen ser de lo más variado: lavadoras, vajillas, cuadros, tickets descuento para terapias de pareja o abonos durante cinco años para abogados expertos en divorcios y separación de bienes… Todo lo cual está muy bien, pero resulta por completo inadecuado para el caso que nos ocupa.
¿Y por qué, os preguntaréis? Una posible explicación podría ser que los contrayentes renuncian a complicarse la vida, y que tan solo con teneros en su boda será regalo suficiente para recordaros el resto de sus años en común… Pero no. O que han decidido dejarlo todo tras la ceremonia y retirarse al Himalaya a meditar durante el resto de sus días, con sonidito de momento All-Bran de fondo… Pero tampoco (aunque sospecho que lo del Himalaya no le disgustaría mucho a Simón, pero por razones menos espirituales). No, la realidad tiene bastante poco que ver con el espiritualismo y el altruismo, y aunque el escribiente vaya a quedar por los suelos cuando revele qué es lo que verdaderamente quieren Paula y Simón, en ciertos momentos de la vida se impone el pragmatismo por encima de cualquier otra consideración.
Porque lo cierto es que lo que quieren es dinero (insertar aquí sonido de sorpresa horrorizada por parte del público asistente). Pues sí, lo dicho, dinero. ¿Qué pasa? ¿Vosotros no?
Las razones por las que piden tan vulgar regalo no tienen nada que ver con deudas de juego (si no se les diera bien el póquer, no jugarían), ni con el desastroso negocio que emprendió Simón con la mafia rusa (recordad, si la policía os visita, nunca le habéis visto con un cargamento de AK-47s). La primera de estas razones es que entre los dos suman tal cantidad de cosas (material de escalada, música, material de escalada, libros, material de escalada, muebles varios, material de escalada…), que si a eso se le añaden regalos físicos, tendrían que irse a vivir al mismísimo Monasterio de El Escorial para que les cupiera todo. El dinero, sin embargo, no ocupa lugar (sobre todo si va directo al banco). La segunda razón os va a doler un poco más, así que tomad aire, memorizad las palabras “qué cabrones”, y continuad leyendo poco a poco, parando cuantas veces creáis necesarias para repetirlas en voz alta. Haré todo lo posible por explicarlo de manera suave:
Simón es funcionario (insertar aquí chiste preferido sobre número de desayunos diarios), concretamente, profesor de secundaria, y Paula es autónoma. Y van a aprovechar sus posiciones profesionales para largarse a Suramérica durante ¡52 días! Como se puede comprobar, tiempo libre tienen. Y también tienen una ruta maravillosa que deja en bragas los Diarios de Motocicleta. Pero no tienen pasta (para un viaje así, ¿quién la tiene?), y aquí es donde entráis vosotros, oh, queridos invitados a la boda. Si sois capaces de encontrar en vuestro corazón la suficiente buena fe para regalarles dinero; si sois capaces de encontrar en vuestros bolsillos suficiente dinero para regalarles unos kilómetros más por la Región de los Lagos o por la Patagonia y si sois capaces de encontrar en vuestro cerebro suficiente autocontrol para dejar de leer esto con cara de asco, seréis recordados por Paula y Simón el resto de su vida como la gente que consiguió que, al menos, los primeros 52 días de su matrimonio fueran idílicos.
Aunque, pensándolo bien, ¿por qué tanta cara de horror? Si sabéis que todo son facilidades: nada de compras, nada de indecisiones, nada de dudas sobre si les gustará vuestro regalo, si estaréis repitiendo el de alguna otra persona, sobre si lo tendrán ya… No tenéis más que soltar los billetes. Les gusta vuestro dinero, no hay forma de hacerlo mal, los novios son gente educada y no les importa qué clase de billetes sean. ¿De 20 euros? Les gustan. ¿De 50? También les causan placer. ¿De 100? ¿Quizás incluso de 200? Si no tenéis cambio no pasa nada, nadie le tiene ninguna manía a los Bin Laden. ¿Esas 40 libras esterlinas del fin de semana que pasasteis en Londres y que sabéis que nunca vais a volver a cambiar? Son bienvenidas. ¿Esos 1.000 yenes que os trajo vuestro primo el yuppie de su viaje de negocios a Tokio, y que ni siquiera sabéis cuanto es? También se aceptan, y de paso os dirán a cuánto está el cambio…
Y que no me venga nadie diciendo que es un regalo muy poco personal, porque pensarán en todos y cada uno de vosotros cada vez que extiendan vuestros billetes en Suramérica para pagar comida, gasolina o alcoholes incomprensibles, para conseguir algo más de comodidad a la hora de pasar la noche o para comprar unos días más de estancia, para llegar un poco más allá.
De todas maneras ¿qué clase de regalo de bodas consideráis personal? ¿Un microondas? Mi hermano me regaló un rallador de queso por mi último cumpleaños ¿creéis que pienso en él cada vez que rallo una zanahoria? Además, yo el queso lo compro rallado de todas maneras.
¿Querríais que pasara eso con vuestros regalos?
Pues si aflojáis la mosca, eso no ocurrirá.
Mauro Fernández de Bobadilla (el hermano de la novia)
Madrid, Marzo, 2007
P.S.: Y si andáis cortos de pasta, seguro que no os importará cuidar de Coco durante un par de meses…
11 comentarios:
Es la bomba este Mauro; desbordante, ingenioso y tronchante. ¡¡¡A la tele con é!!!
¡¡¡Yu-huuuuu!!!
YO TAMBIÉN QUIERO IRRRRRRRRRRRRR!!!!
Besos a los contrayentes.
esta bien! yo me quedo con coco...
No mejor, me quedo con el rallador de queso-zanahoria. No mejor aún, cristina y yo nos vamos con vosotros(yo como poco, pero cristina...) Bueno, creo que mi futura no me va a adejar compartir tienda de campaña con cristina en la patagonia... Una pena. En fin, alli estaremos el dia de la boda para veros marchar. Pero el dinero, ya puestos, prefiero daroslo en sobre lacado en mano el dia de la boda al estilo siciliano con beso a la novia incluido. No os precupeis que os lo daré cambiado en el todopoderosomidiosinfinito DOLAR que abre todas las fronteras.
Fdo. (entenderis que despues de decir tantas chorradas no quiera dar mi nombre)
No hacía falta tanta explicación; por otro lado, si antes lo hubiera hecho de buena gana, ¡ahora lo hago además con buen humor! ¡Nos vemos en Jerez! (O al menos eso espero... aún no compro mi billete ni reservo hotel :-/ )
Enhorabuena a los Condenados.
Me parece cojonudo lo del Dinero. Es más Oh gran Mauro veo que estás que estás que te sales!!
¿Tu inspiración tiene límites? Si la respuesta es no, quiero que gloses otra vez sobre estas ventajas en la Web de nuestro próximo enlace. Da igual si te autoplagias.
Besos a tod@s
que suerte! nos ha encantado, esperamos poder asistir a vuestra condena, a ver si tenemos algun billetillo suelto, si es así contad con él ,.... o con ellos. un besazo para los dos ( ya conoceremos a tu chica)
oye y la cta/cte. no veo el nº por ningun lado.........??????????
Le Blog: Está pirado ;-)
Cristina: jejeje
Anónimo: Pero ¿¿quién eres??
Jesse: ¡Pues cómprate el billete yaaaaaa!
Adrián: Cuando quieras, te pasamos su e-mail... ¡O corta y pega directamente!
Alicia y Toche: ¡¡Os esperamos!!
Anónimo 2: ¿¿Otroooo?? jajaja... Mándanos un e-mail y te la pasamos encantados.
Yo soy profesional en eso de pedir pasta, Je Je. Me gaste la vuestra con mucho gusto en mi casita. Por cierto Paula, hace poco estrené vuestra vajilla.
TAACHANTACHÁN, TAACHANTACHÁN, TATATATAAATATATATATAAA...(MÚSICA NUPCIAL) LA VAMOS LIAR
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